Antes, durante y después del uso: por qué la perspectiva del ciclo de vida se está convirtiendo en una cuestión empresarial
Un reciente informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente ha revisado la evidencia disponible sobre cómo las estrategias de economía circular contribuyen a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Una de sus aportaciones más útiles no es una cifra, sino un marco de análisis: el impacto se produce antes, durante y después del uso.
Para los directivos empresariales, esto tiene menos que ver con los discursos sobre sostenibilidad y más con la forma en que los activos generan valor a lo largo del tiempo. La economía circular no se limita al reciclaje. Abarca el diseño de los productos, el nivel de utilización que alcanzan y lo que sucede con ellos una vez que termina su primer ciclo de vida. Estas etapas están cada vez más interconectadas desde una perspectiva comercial.
Antes del uso: diseño, configuración, coste y rendimiento
Una parte significativa del coste de producción y del impacto ambiental de un producto se determina durante las fases de diseño y fabricación. Las decisiones relacionadas con la durabilidad, la reparabilidad, la modularidad y la eficiencia en el uso de materiales influyen directamente en la disponibilidad, los costes de mantenimiento y la frecuencia de sustitución. Los fabricantes ya se enfrentan a la volatilidad de las cadenas de suministro, a restricciones de materiales y a una creciente presión regulatoria. Diseñar productos más duraderos y actualizables, en lugar de reemplazables, se está convirtiendo en una cuestión de competitividad.
Los modelos de negocio también influyen en este aspecto. Cuando el valor se genera a lo largo del tiempo en lugar de capturarse únicamente en el momento de la venta, la durabilidad y la facilidad de mantenimiento se convierten en ventajas comerciales significativas.
Durante el uso: la utilización es una cuestión de eficiencia
La fase de uso suele pasar desapercibida en los debates de dirección, a pesar de que es donde se concentran muchas ineficiencias operativas. En numerosos sectores, los activos se utilizan por debajo de su capacidad, se sustituyen prematuramente, reciben un mantenimiento irregular y están desvinculados de una planificación estructurada de su ciclo de vida.
Desde una perspectiva de gestión, esto se traduce en capital inmovilizado y costes evitables. Los enfoques basados en el uso —como el alquiler, el producto como servicio y los contratos basados en el rendimiento— desplazan la atención de la propiedad a los resultados. En lugar de preguntarse «¿Quién posee el activo?», la cuestión pasa a ser «¿Con qué eficacia genera valor?».
Un mayor índice de utilización reduce la cantidad de activos necesarios para alcanzar el mismo nivel de rendimiento. Una vida útil más prolongada disminuye la frecuencia de las sustituciones y las interrupciones del servicio. Un mantenimiento estructurado mejora la fiabilidad y la productividad. Las investigaciones analizadas por la Agencia Europea de Medio Ambiente sugieren que estos cambios pueden contribuir a reducir las emisiones al disminuir la demanda de nueva producción. Sin embargo, incluso dejando de lado la cuestión climática, la lógica empresarial sigue siendo válida: un mejor aprovechamiento de los recursos mejora la eficiencia del capital y la resiliencia operativa. Cualquier reducción de emisiones es una consecuencia de una mayor productividad de los activos, no el objetivo principal en sí mismo
Después del uso: la recuperación depende de decisiones tomadas anteriormente
El reciclaje y la valorización siguen siendo importantes, pero rara vez compensan una utilización ineficiente en etapas anteriores. Los resultados al final de la vida útil pueden depender de múltiples factores, entre ellos:
- Si se han registrado y supervisado los datos sobre el estado y el uso del producto.
- Si el producto fue diseñado para ser reacondicionado o desmontado.
- Si existen aplicaciones secundarias para el activo.
Cuando los activos se gestionan dentro de marcos estructurados donde el mantenimiento y el estado se supervisan de forma continua, su reacondicionamiento y reutilización se vuelven mucho más viables. Para el usuario, esto se traduce en transiciones más fluidas, menos interrupciones operativas y una planificación de activos más predecible. Una vez más, el principal beneficio empresarial es la continuidad y la eficiencia. Los beneficios ambientales derivan de la reducción de la necesidad de fabricar nuevos productos para sustituir aquellos que se descartan prematuramente.
Conectar las fases: por qué el modelo de negocio importa
El marco de análisis del ciclo de vida de la AEMA pone de relieve un aspecto práctico: las tres fases se refuerzan mutuamente.
- El diseño influye en la longevidad.
- El uso influye en la demanda de sustitución.
- La trazabilidad influye en las opciones de reutilización y redistribución.
Los modelos basados en el uso actúan principalmente durante la fase de utilización, pero también influyen en las demás etapas. Cuando los ingresos dependen del rendimiento a lo largo del tiempo, se incentiva más el diseño duradero, el mantenimiento pasa a ser estructurado en lugar de reactivo y la planificación de los activos se basa en el ciclo de vida en lugar de centrarse únicamente en las transacciones.
Esta alineación no reduce automáticamente las emisiones. Los resultados dependen de las características de cada sector, de los sistemas energéticos y del comportamiento de los usuarios. Sin embargo, crea condiciones que hacen más probable una reducción del consumo de materias primas y, por tanto, de las emisiones asociadas a la producción inicial. Para la alta dirección, esto se traduce en una mayor productividad de los activos, menos tiempos de inactividad operativa y una colaboración más estrecha con los proveedores. La dimensión climática se integra cada vez más en estas decisiones operativas en lugar de abordarse como una cuestión separada.
Una perspectiva práctica
Los debates sobre economía circular pueden volverse rápidamente abstractos. La pregunta más relevante para los directivos es sencilla: ¿Cómo extraer más valor de los activos que ya están en circulación?
- ¿Prolongando su vida útil dos o tres años más?
- ¿Aumentando su nivel de utilización entre distintos segmentos de clientes?
- ¿Diseñando productos que puedan actualizarse en lugar de sustituirse?
Se trata de decisiones operativas con consecuencias financieras directas. Las investigaciones de la Agencia Europea de Medio Ambiente indican que, cuando se aplican a gran escala, estos cambios también pueden contribuir a la reducción de emisiones. La magnitud de ese impacto variará y debe medirse, no asumirse.
Ningún modelo garantiza por sí solo los resultados deseados. Lo esencial es integrar la perspectiva del ciclo de vida en los procesos de toma de decisiones empresariales. En este sentido, la economía circular tiene menos que ver con la gestión de residuos y más con la estrategia de activos. Y, en muchos sectores, este debate ya está pasando de los equipos de sostenibilidad a los consejos de administración.